
El término Jondo Casero lo utiliza Vicente Escudero en su libro “Mi baile” de manera despectiva para hablar de los bailes “chicos”, es decir, los bailes que no son suficiente, que son poco sobrios, poco serios, poco puros. En este caso quiero apropiarme de ese término y darle la vuelta, poner en valor lo que se escapa a la pureza, que gracias a su no hermetismo deja entrar otros tiempos y lugares, actualizando la identidad de lo tradicional. El Escudero previo a esa reconversión antiflamenquista y projondista, en el Paris y Nueva York de los años 20, crea un baile a partir del sonido de motores, del golpear de dos piedras, del estruendo de una pila de sillas al caer o incluso baila el silencio 20 años antes de que lo hiciera Cunningham y Cage. Y así, pone en evidencia, que en el flamenco se mezclan vanguardia y tradición, que el flamenco vive en una doble temporalidad en la que el origen (como en casi todo lo que reivindica o trata la identidad) se inventa o reinventa constantemente para conseguir resistir a los vaivenes geopolíticos; lo mismo se reivindica que viene con los gitanos de la India una vez se pierden las colonias americanas, que pone su mirada en los moriscos con las guerras de Marruecos, etc. Es en esa doble temporalidad, en esos mecanismos de construcción ficticios entre lo tradicional y lo novedoso, es en donde quiero trabajar, fabricar mi jondo casero, haciendo convivir el flamenco con lo contemporáneo. Por un lado el folclore de un grupo humano asentado en un territorio concreto, y por otro lo que podría ser el folclore de la postmodernidad, y ahí practicar y hacer convivir ambos vocabularios de movimiento, los archivos musicales de cada uno, compartir el contexto de cada mundo, entendido como dramaturgia, como rito y fiesta, relacionar ambas estéticas que sostienen o no la necesidad de un argumento. Del tablao al teatro, de la disco a la cueva, del gremio a la afición, de la profesionalización a la fiesta improvisada, hacer convivir estas maneras.

